Cuantas veces al día te preguntas ¿Por qué?

¿Por qué hago esto? ¿Por qué pienso así? ¿Por qué soy así? ¿Por qué no me salen las cosas como quiero? ¿Por qué pierdo los nervios? ¿Por qué no tomo decisiones? ¿Por qué… Por qué….Por qué…? Y así, nos pasamos el día buscando una explicación racional a las cosas que nos suceden.

Cuando digo racional me refiero a que buscamos una respuesta en nuestra mente que nos dé la solución a nuestro problema, pero resulta que la mente en muchas ocasiones se ofusca, y en la desesperación nos lleva a encontrar una respuesta que no siempre es la verdadera.

Normalmente la respuesta que nos viene a un ¿por qué? está ligada  a nuestras creencias, esas creencias que la mayoría de las veces inconscientemente  tenemos, y que consideramos tan verdaderas que actuamos en base a ellas, son creencias que “nos hemos tragado” en todo nuestro proceso de vida, especialmente en la infancia, y que con nuestro comportamiento reafirmamos y reforzamos. Pero no todas las creencias son verdaderas.

¿Has probado a preguntarte “Para qué” en lugar de “Por qué”? Pruébalo ahora mismo, elije un  “Por qué” que esté rondándote en la cabeza, escríbelo, podría ser algo del tipo:

–          ¿Por qué no tomo decisiones?
–          ¿Por qué no le contesté cuando me habló mal?
–          ¿Por qué me comporto como un egoísta?

Ahora que lo tienes escrito cambia el “Por qué” por un “Para qué”:
–          ¿Para qué no tomo decisiones?
–          ¿Para qué no le contesté cuando me habló mal?
–          ¿Para qué me comporto como un egoísta?

¿Notas algo diferente?, puede que sí notes la diferencia a la hora de responder, o puede que no.

Cuando preguntamos desde el “Por qué” la respuesta llega desde nuestras creencias, nuestros pensamientos, la respuesta en muchas ocasiones es una justificación rápida de nuestros actos, algo con lo que la mente se conforma y se queda más tranquila, o al contrario nos sigue presionando para encontrar la “solución racional” a nuestro problema.

Cuando preguntamos desde el “Para qué” la respuesta conecta con un nivel más profundo el de nuestros valores. Conecta con un yo más sincero, más puro, y me atrevería a decir que hasta mas real.

El otro día trabajando con un cliente al que llamare Pau, surgió esta cuestión, él siempre se pregunta el por qué, (especialmente en relación a su forma de ser y actuar), y le propuse preguntarse un para qué,  su cara cambió al instante, se le relajó el gesto y los ojos se le abrieron en señal de sorpresa,  me aportó una nueva perspectiva en este asunto: “cuando me pregunto el por qué es como enfrentarme a una gran piedra en el camino, sólo veo la piedra y me pregunto ¿por qué está ahí la piedra?, una y otra vez, y no encuentro una explicación razonable. Cuando me pregunto ¿para qué está ahí la piedra? Empiezo a  ver que hay otras formas de superarla, de hacer las cosas, me surgen nuevas ideas, puedo dar la vuelta, bordearla, buscar otro camino…”

Esta fue la experiencia de Pau, y ahora me gustaría saber cuál ha sido tu experiencia haciendo el ejercicio, seguro que tienes algo interesante que aportarnos, así que te animo a dejar un comentario.

Continuará…


 

Si te ha gustado este artículo puedes compartirlo y así podrá ser de ayuda a más personas

También te puede interesar:

SOBRE MÍ

Soy Ana Oliver, Coach Personal y autora de este Blog. Mi objetivo es ayudarte a sentirte más satisfecho contigo mismo, y a generar los cambios que quieres en tu vida. Descubre cómo puedo ayudarte aquí.