¿Te has parado a pensar la cantidad de energía que pierdes preocupándote por cosas, que todavía no han ocurrido y que seguramente no lleguen a ocurrir nunca? Por no decir, el tiempo que pierdes dándole vueltas a cosas que ya ocurrieron y ante las que no puedes hacer nada para cambiarlas. No sé tú, pero a mí, a veces, se me van un montón de energías en ello.

Es totalmente cierto, que cuando surge un problema, el primer paso para resolverlo es preocuparse por él, de hecho, sino te preocuparas por algo no se movilizaría tu energía para intentar encontrar la solución. Te pongo un ejemplo: si no te preocupa en absoluto tener sobrepeso no harás nada por cambiar tus hábitos alimenticios, si te levantas con un ojo hinchado y no te preocupa, no irás al médico. Hasta aquí la preocupación parece tener un sentido lógico y coherente como la primera fase en la resolución de un problema ¿verdad?

Sin embargo, estarás de acuerdo conmigo,en que, en muchas ocasiones, estas preocupaciones se convierten en una verdadera tortura que invade tu cabeza y que, de tanto darle vuelta a las cosas acaban convirtiéndose ellas mismas en un problema.

Empiezas a imaginar toda una serie de acontecimientos negativos, incluso a veces catastrofistas, sientes una gran inquietud y ansiedad anticipatoria ante lo que pueda suceder, te descubres imaginando decenas de posibles desenlaces y buscando cómo responder ante ellos para que no te pille desprevenido, y así, se te pasan las horas y días dándole vueltas al “tema estrella de la semana” ¿Te resulta familiar?

¿Qué cosas son las que nos preocupan?

Pues aquí cada cual tiene su particular película, de hecho, lo que para algunos es una preocupación otros ven la solución facilísima y viceversa. Pero parece ser, que de aquello por lo cual nos preocupamos

  • El cuarenta por ciento nunca sucede.
  • El treinta por cierto se refiere a decisiones anteriores que ya no pueden cambiarse.
  • El doce por ciento se centra en las críticas (está por ver si ciertas o falsas) que recibimos de otras personas, o por conflictos que hemos tenido con ellas.
  • El diez por cierto está relacionado con nuestra salud y como es previsible ésta empeora al preocuparnos en exceso.

Solo el ocho por ciento de nuestras preocupaciones son legítimas, lo cual demuestra que al parecer, no tenemos tan grandes problemas y que los que hay, pueden afrontarse mejor cuando conseguimos eliminar todas las preocupaciones sin sentido. De hecho, piensa cuántas veces has tenido un problema realmente importante y sin saber de dónde, has sacado la fuerza, te has centrado en él y lo has superado hasta con matrícula de honor.

Entonces…

¿Por qué cuesta tanto dejar de preocuparnos por cosas que no son realmente importantes?

Es muy sencillo y complicado a la vez, pero la cuestión es que la preocupación da una falsa sensación de seguridad. Al estar creando toda una serie de posibles escenarios y cómo actuar frente a ellos, hace que sientas que puedes ganar el control de la situación y que nada te va a pillar desprevenido. Esa sensación de tener control sobre los posibles acontecimientos que puedan sobrevenir, hace que sientas cierta protección y alivio en el momento, pero claro, es imposible controlar todo lo que pueda ocurrir, por lo que al poco tiempo la ansiedad y la angustia vuelve, y otra vez te encuentras dándole vueltas al tema.

Otro elemento que alimenta las preocupaciones es la falsa sensación de productividad la cual resulta porque mientras estas dándole vueltas al problema en la cabeza, tienes la sensación de que estás trabajando en su solución, de que estás logrando algo, pero la preocupación y la resolución de problemas son dos cosas muy diferentes.

“La preocupación es como una mecedora, te mantiene ocupado pero no te lleva a ninguna parte”

Como te decía al inicio del artículo, la preocupación puede tener sentido para movilizar tu energía y ponerla al servicio de resolver el problema, pero no lo resuelve por sí misma, al contrario, preocuparte exceso y darle demasiadas vueltas lo único que hace es bloquearte a la hora de tomar las decisiones y acciones correspondientes.

Y por supuesto, no podemos obviar el hecho de que culturalmente preocuparse por las cosas está bien visto, de hecho, seguramente, al igual que yo, aprendiste que preocuparse es de ser una persona seria y responsable, y que por el contrario las personas irresponsables son las que no se preocupan por nada. ¿Te suena?

Si te das cuenta, en los tres supuestos subyace la creencia de que “preocuparse tiene un propósito positivo”: o te da sensación de control y seguridad, o te hace sentir productivo, o te hace creer que eres una buena persona, seria, responsable y comprometida, ¿No te parecen unas ideas un tanto irracionales? A mí, conforme las escribo, me parecen de lo más absurdas.

me preocupo por todoFoto de Nik Shuliahin en Unsplash

¿Cómo reducir el exceso de preocupación?

Como una vez me dijo un alumno en un curso: Deja de preocuparte y pasa a ocuparte.

Dale la importancia justa a las cosas.

Como te decía más arriba, solo un ocho por ciento de las cosas que nos preocupan son realmente importantes y legítimas, así que es importante que empieces a aprender a relativizar las cosas que te suceden y darles la verdadera importancia y peso que les corresponde en tu vida. Hace unos meses escribí un artículo que quizás te pueda servir: Cómo tomar distancia y relativizar los problemas. Te invito a que le eches un vistazo si te apetece.

Acepta que no puedes controlar todo

Sí, y es que te guste o no, es imposible controlar todo lo que pueda suceder, no tienes manera de predecir el futuro y así evitar sorpresas desagradables ¡No! la vida no funciona de esa forma, hay cosas que están más allá del poder de nuestra voluntad.

“Solo hay un camino para la felicidad y es dejar de preocuparse por las cosas que están más allá del poder de nuestra voluntad”

Epícteto.

Desafiar la intolerancia a la incertidumbre y atreverse a soltar el control, es la clave para aliviar la ansiedad producida por un exceso de preocupaciones. Porque realmente es imposible llegar a valorar todas las opciones ni encontrar soluciones para todos los posibles escenarios.

Acepta que no puedes controlar todo en la vida. A veces simplemente tienes que relajarte y tener confianza en que las cosas saldrán como tengan que salir, y dejar que la vida suceda.

Como decía Forrest Gump, “la vida es una caja de sorpresas nunca sabes lo que te va a tocar”.

No busques la solución ni la decisión perfecta.

Si lo que te preocupa tiene solución ponte manos a la obra, céntrate en las soluciones y en las acciones que tienes que llevar a cabo para ello, pero por favor, no le des mil vueltas intentando encontrar la solución perfecta, por si aún no lo sabes no existe, porque lo que a ti te puede parecer extraordinario a otro no, así que si tienes una solución más o menos factible ponte manos a la obra, normalmente las cosas tienen una solución mucho más sencilla y simple de como las fantaseamos.

Por cierto, en cuanto te empiecen a aparecer preocupaciones del tipo ¿Y si…? ¿Qué pasaría si…? Detenlas y no les des bola, normalmente esas preocupaciones no están justificadas y tienen que ver con ese cuarenta por ciento de cosas que jamás llegan a ocurrir.

Aclara tus diferencias con los demás

Si tu preocupación tiene que ver con algún conflicto que has tenido con alguna persona, y sigues enganchado dándole vueltas y más vueltas a lo que me dijo, le dije, me dejó de decir, lo que tendría que haberle dicho, etc., etc., etc. Tienes dos opciones, o te sientas con esa persona a aclarar el tema o te olvidas aparcando el asunto  y continuando con otra tarea. Tú eliges la opción que consideres mejor según sean tus circunstancias. Pero seguir dándole vueltas a lo que ocurrió no te va a ayudar en nada a resolverlo ni a sentirte mejor. Además, con casi toda seguridad que el otro no le está dando tanta importancia a lo ocurrido como tú.

Reconoce tus errores sin martirizarte.

¡Sí! Te has equivocado, has cometido un error (o varios),  ¡Qué le vamos a hacer! Deja de darle vueltas una y otra vez, culpabilizándote de lo ocurrido y esperando a que llegue el castigo. Acepta y reconoce el error como parte de la persona humana que eres. Haz lo que esté en tu mano para enmendarlo, y si por desgracia no tuviera solución, de nada sirve seguir dándole vueltas al tema ¿No crees?, sólo queda aprender de la experiencia y tomar las medidas oportunas para evitar en todo lo posible que vuelva a ocurrir.

Abandona la idea de que preocupación es sinónimo de persona responsable.

Las personas responsables no son las que se preocupan más por las cosas, son las que se ocupan de las cosas. Se hacen cargo de las situaciones, asumiendo su responsabilidad en las mismas, toman conscientemente las decisiones necesarias para resolverlas, y lo más importante, aceptan las consecuencias de sus propios actos y de sus propias decisiones. 

Y para eso, aunque te pueda resultar extraño, no hace falta preocuparse tanto por las cosas, ni darle mil vueltas, se trata más bien, de un tema de compromiso con uno mismo, con lo que hace y con los demás.

 

También te puede interesar:

SOBRE MÍ

Soy Ana Oliver, Coach Personal y autora de este Blog. Mi objetivo es ayudarte a sentirte más satisfecho contigo mismo, y a generar los cambios que quieres en tu vida. Descubre cómo puedo ayudarte aquí.